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Producción teatral y política cultural

Producción teatral y política cultural

Verónica López García

17 Agosto 2015

Las luces se encienden y la elaborada partitura del director de escena hace su magia. Actores más o menos propositivos dan vida a la idea creativa. A la dramaturgia se suman diseños como el sonoro, el de iluminación, de vestuario, el estético. Atrás de ese suceso y sin importar la brevedad de las temporadas en México y especialmente en nuestra ciudad, hay muchos meses de planeación y trabajo.

Producir una obra de teatro supone la definición del equipo, su constitución legal o la forma específica desde la que se asocian, la planificación de un presupuesto que señale los mecanismos de financiamiento, también la gestión del foro en el que se presentará, así como la creación de la estrategia de difusión y su costo. Cada uno de estos aspectos obliga a una serie de tareas suficientemente complejas que —en una especie de gráfica de teoría de conjuntos— algunas se intersectan con otras pero todas comparten la meta. Además, durante este proceso y especialmente al final, se debe transparentar el gasto, rendir cuentas a la serie de patrocinadores, públicos o privados, para entonces evaluar, entre otros asuntos, el aspecto económico y en qué medida el resultado corresponde a la prospectiva inicial.

En este momento los creadores escénicos en México no terminan por encontrar un modelo de gestión y administración eficiente para la producción de sus proyectos. Especialmente ahora cuando las dos perspectivas desde las cuales el Estado interviene en el ámbito cultural se confrontan entre sí.  Por un lado tenemos un Estado paternalista y benefactor, que sigue operando en la estrategia, a pesar de que la bolsa de inversión en materia cultural cada día se adelgaza más. Por el otro está un modelo capitalista liberalizador que, lejos de considerar los contextos desde los que se produce el arte y la cultura en un país violentado y depauperado como el nuestro, pretende que los proyectos artísticos, sin importar quiénes, dónde, ni cómo los producen, funcionen de forma comparable a una empresa de gran capital.

Aquí es justamente donde a pesar de todo lo que se ha discutido y legislado en materia de mecenazgo, las políticas culturales en general siguen suficientemente rezagadas para permitir que las artes, concretamente las escénicas, consigan convertirse en un proyecto de vida que asegure la dignidad y prosperidad a quienes la eligen como su oficio.

En México las políticas públicas referentes a los recursos dedicados a la cultura se han cuestionado y “evaluado” oficialmente, sin embargo hasta el momento no es posible encontrar en esta superposición de reformas, una explicación clara que organice en principio a los agentes que intervienen en el campo de la producción cultural para detectar los problemas que éstos sortean y entonces generar propuestas que deben ser llevadas hasta la legislación y su aplicación práctica. En México hay una larga tradición de patrocinio estatal al sector artístico, también podemos encontrar programas de ayuda gubernamental con incentivos fiscales, fórmulas de coproducción internacional, así como la participación de entes privados, grupos y fundaciones y, sin embargo, nuestra escena avanza a contracorriente y entre candados. Los procesos de creación escénica son un trabajo que debe ser remunerado de acuerdo a modelos que reconozcan con justicia su importancia.

El teatro es un trabajo en equipo, organizarse con todos quienes a él se dedican para buscar mejores condiciones de creación y de vida creo que es el mejor principio para invertir la tendencia actual.

Verónica López García
17 Agosto 2015
La Gaceta de la Universidad de Guadalajara

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