Reseñas

EL CIELO DE LOS PRESOS

EL CIELO DE LOS PRESOS

Fuente-Gatopardo.

Es 2 de octubre de 1968. Antes de las 18 horas había sol y miles de personas se reunieron en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, para celebrar que un día antes el ejército se había retirado de las instalaciones de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y el Instituto Politécnico Nacional (IPN). En esa multitud se encontraba Miguel (Kristyan Ferrer) quien enamorado de su novia Marisela (Tatiana del Real) cree que es el momento perfecto para pedirle matrimonio. Ella acepta pero el júbilo se acaba cuando dos bengalas caen sobre la plaza y comienza el tiroteo. Más tarde, vemos a Miguel recibiendo un rayo de luz de una ventana en su celda que puede ser una señal de esperanza sobre la posibilidad de volver a ver a su amada.

La travesía de Miguel entre un escenario y otro es lo que se desarrolla en El cielo de los presos, una puesta en escena que estremece por la crudeza de sus escenas; que hace temblar las emociones por la sensibilidad del mensaje humano y que deja una reflexión histórica que nos dice que no solo el 2 de octubre no debe olvidarse, sino que vale la pena analizar lo que pasó con las personas detenidas el día de esta masacre, uno de los episodios más tristes en la historia de México.

Mientras trabajaba en una obra sobre los movimientos sociales, el director Mauricio Bañuelos se interesó cada vez más en el suceso estudiantil de 1968, “Me topé con varios libros, el primero fue Regina, de Velasco Piña, después La noche de Tlatelolco, de Elena Poniatowska, y me di cuenta que nadie hablaba de lo que había pasado con la gente que se habían llevado detenida”, explicó el director en entrevista con Gatopardo.

Cuando Miguel escuchó los disparos, perdió a Marisela en la confusión del tiroteo. Fue detenido y llevado al Campo Militar número 1 en una celda de dos metros por dos, en donde conoció, primero a Chuy (Gonzalo Vega Jr.), un estudiante del IPN; luego a Ramiro (Aarón Balderi), etiquetado como “comunista y traidor a la patria”, solo por ser curioso y estar en el momento equivocado y después a Simón (Alfredo Gatica), miembro del comité de Huelga.

Cada uno con un punto de vista diferente sobre el movimiento estudiantil y cada uno conectando cada vez más con el otro a partir de la tragedia de tener que compartir ese pequeño infierno. Además, enfrentados al sargento Pastrana (Jorge de los Reyes/Héctor Kotsifakis), quien no los dejará salir tan fácil. Los jóvenes son castigados por ser estudiantes y, al mismo tiempo, entre ellos hay diálogos que nos permiten entender diferentes posturas sobre el significado del movimiento estudiantil.

“Cada uno representa a un tipo de mexicano, ya sea por generación o ideología y a mí me interesaba hacer un contrapunto y ver qué tanto se parecía al México de la actualidad”, destacó el realizador. “Se trabajó mucho en el texto y con los actores para no caer en la manipulación y el melodrama que provoca la lágrima fácil. Estos personajes son seres humanos y lo que hice fue tratar de explicar lo que se sentiría estar ahí y cómo reaccionarían diferentes tipos de personas ante una situación como ésta”.

El cielo de los presos no tiene un diseño escenográfico más allá de un par de literas de metal, una reja y muchos efectos de sonido que acompañan al espectador a ser más que un testigo detrás de una de las cuatro paredes. La audiencia se vuelve cómplice del sufrimiento, de la violencia de los militares (hay escenas con golpes reales que hacen más impactante el contenido narrativo), de los sentimientos de frustración de los presos con su abandono y de su dejo de luz de esperanza.

Con un ritmo cada vez más intenso, la obra abre una herida sensible en la historia del país con el tacto necesario para salir tocado del corazón y al mismo tiempo conservar una sensación de que de alguna forma todos estamos presos como ellos, pero en otras cuestiones como en lo que hemos madurado como sociedad: es una obra sobre el abandono.

“El título va de la mano con uno de los personajes, que es el de Miguel (Kristyan Ferrer), quien tiene un dejo muy religioso y él hace responsable a Dios y a muchas cosas sobre su destino. Creo que todos de alguna forma nos preguntamos lo mismo cuando nos ocurre una desgracia. El sentirse en un cielo cerrado, en un abandono completo, es o que se ve en la obra, porque los personajes no solo estaban abandonados por Dios, sino que también estaban abandonados por la justicia y por sus propias familias”, añadió Mauricio Bañuelos.

“Creo que lo que se ve es un acto cruel y casi 50 años después si lo pudiéramos platicar con las personas que sí salieron de la cárcel después de estar encerrados por lo ocurrido en Tlatelolco, nos dirían que hay una parte de ellos que sigue presa, que se quedó en ese encierro. Es difícil decir esto pero a veces me parece lamentable darme cuenta que tenemos que hablar de historias como esta en las que debemos sumergirnos en el dolor para que sean historias más ricas que contar”, dijo el director.

Además de un relato profundo sobre el sufrimiento humano, la puesta en escena también tiene momentos emotivos y de humor, y sobre todo reflexiona “sobre esa pequeña luz que uno lleva dentro y que a pesar del infierno que se viva nos dice que siempre hay una luz al final, así la obra termina con una luz que emerge de una ventana ante la mirada de Miguel y realmente deja un mensaje sobre la unión que se puede lograr”.

El cielo de los presos, cuyo nombre proviene de un verso del poema Balada de la cárcel de Reading, de Oscar Wilde y que también es mencionado en uno de los libros de uno de los sobrevivientes de Tlatelolco, que es Luis González de Alba, se presenta todos los miércoles a las 20:45 horas en el Foro Lucerna, de la colonia Juárez, hasta el 26 de abril.

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